Hace unos días, en la Sede del Instituto de Chile, la Corporación Cultural Rector Juvenal Hernández presentaba una mesa redonda bajo el título “La crisis de la lectura en Chile”. Como padezco la mala costumbre de no estar atenta a los anuncios de dichos eventos, no me hubiera enterado de no ser por una amiga; quien, sabiendo que actualmente investigo estos temas, me envió por correo el aviso del diario —un aviso breve y nada llamativo, hay que decir—. El caso es que, a las 19:00 del pasado martes 7, llegué. El panel lo integraban, si mal no recuerdo, los representantes de la DIBAM y los gestores de la Política Nacional del Libro y la Lectura, Enzo Abbagliati y Harry Abrahams; el veterano en estudios sobre comprensión lectora y textos escolares, Felipe Alliende; el irreverente psiquiatra Francisco Huneeus, y el editor Juan Carlos Sáez ―Carla Cordua y María Luisa Pérez se excusaron de no poder asistir―. Moderaba Eduardo Castro, editor general de la Editorial Universitaria.
La conferencia se desarrolló sin mayores sobresaltos. En nombre del sector privado, se insistía en que la “industria del libro” no estaba amenazada, que las estadísticas existentes no permitían hacer una comparación efectiva entre la situación chilena y del resto de Latinoamérica —los criterios de medición no son los mismos—, y que el asunto estaba en mejorar el acceso al libro. Los del sector público, por su parte, no cejaron en la alabanza de las políticas de fomento de la lectura por parte del actual gobierno; de la implementación de nuevas bibliotecas municipales y tan mentado maletín literario —a lo que el moderador intervino con una inquietud que, a mi juicio, nos representa a muchos: ¿no era esta última medida como conseguirse una carreta sin tener los bueyes?—. En tono optimista, Felipe Alliende se refirió a la “revolución de los mínimos” —los jóvenes, que en su fervor comunicativo habían terminado por imponer un idioma propio— y al deber de los viejos de aprovechar esta profusión verbal en el incentivo de la lectura. En tono al borde de la furia, Huneeus se refirió a la televisión como un invento demoníaco que, al proporcionar placer sin esfuerzo cognitivo, terminaba por atrofiar las facultades imaginativas.
Al margen del contenido de la discusión, cabe destacar un dato inquietante: cerca del 70% de los asistentes tenía cerca de 70 años. Dato concordante con la intuición que he sostenido desde los comienzos de los comienzos de mis aventuras en estos temas: a los “jóvenes literatos” les importa un bledo que los demás jóvenes no lean. Bonita cosa: en su desbocado narcisismo de buscar, según su procedencia, la súbita aprehensión de lo inefable en cierta imagen, la fijación oral-sádica cierto autor, o las formas benevolentes de sexismo cierto discurso poético, los nuevos y no tan nuevos niñitos consentidos de la academia acaban haciendo caso omiso de su responsabilidad social. Educar la comprensión lectora y el espíritu critico, formar los sujetos de la democracia: he ahí la nobleza de nuestra profesión, el resto es escoria. Lo ha dicho Pound, lo ha dicho Montaigne; y los lectores de Pound y de Montaigne han olvidado transmitirlo a sus discípulos. Pero se acaba el tiempo de esos lujos: todo lo sólido se desvanece en el aire y no nos podemos quedar sentados.

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