sábado, 11 de octubre de 2008

En torno a Crimen y castigo

Pero aquí ya empieza una nueva historia, la historia gradual de la renovación de un hombre, la historia de su tránsito progresivo de un mundo a otro, de su conocimiento con una realidad nueva, totalmente ignorada hasta allí. Esto podría constituir el tema de otro relato..., pero nuestra presente narración termina aquí[1].

¿Por qué será que, al igual que cuando al hablar de la Divina Comedia prácticamente nadie pasa del Infierno, o, a lo sumo, del Purgatorio; por qué será, decimos, que al hablar de Crimen y Castigo prácticamente nadie repara en el final? Raskolnikov, el ex-estudiante que mata porque quiso ser un Napoleón; que mata para demostrarse a sí mismo que se encuentra entre la categoría de los hombres superiores, y que luego se da cuenta de que no es menos miserable que todos los demás; ese hombre termina, en una cárcel de Siberia, abriendo su corazón al amor de Sonechka. Sonechka: la mujer insoportablemente buena, la que se sacrifica por todos, la devota; la que habla a Raskolnikov de la resurrección, lo insta a entregarse a la justicia y luego lo acompaña en el presidio; aunque más no sea para verlo desde lejos, durante breves minutos cada día. Esta mujer, que mantiene una fervorosa fe a pesar de haber sido forzada por las circunstancias a sumergirse en lo más hondo del fango ―y por amor, hay que decirlo: por amor a sus hermanos hambrientos―, es quien hace en él surgir la vida. Ahora el crimen y la condena son superfluos, ahora el Evangelio se presenta como una posibilidad. Ya no hay crimen ni castigo: la única realidad es la redención, por mucho que falten todavía siete años.

Pero esa es materia para otra historia, dice el mismo Dostoievski. Ya sería hora de comenzar a escribirla, en lugar de seguir perpetuando circunloquios en torno a lo anterior. Ya pasaron los tiempos del león, de los insensatos derribadores de grandes discursos ―que, sin embargo, dejaron sin derribar el gran discurso de la destrucción―, del yo quiero: es hora ya del advenimiento del niño, de la creación, del yo soy. ¿No fue Aquel a quien Nietzsche tanto desdeñaba; ese que predicaba el poner la otra mejilla, el amor al prójimo y la hermandad de todos los hombres; no fue Aquel precisamente quien dijo: quien no tenga el corazón de un niño no es digno de entrar en el Reino de los Cielos[2]? Después de todo, Nietzsche no estaba tan lejos de Jesucristo: lo que aborrecía era el estado del cristianismo pasados veinte siglos ―recordemos que las palabras de los Evangelios no son las suyas propias, y que uno de los dos “padres”[3] de la iglesia, Pablo de Tarso, no sólo no conoció al Maestro personalmente sino que además fue uno de los más ferviente perseguidores de los primeros cristianos―; esa religión de rebaño, de virtudes de adormidera, de orejas largas que, a juicio de su colega ruso (“único psicólogo del que aprendí algo y que es lo mejor que me ocurrió en la vida”, confiesa Nietzsche[4]; y una confesión así, viniendo de Nietzsche, no es poca cosa), bastante poca relación tiene con la enseñanza original[5].

Dostoievski y Nietzsche, Raskolnikov y Zaratustra: muchos han detectado ya en Rodion Romanovich la idea de superhombre. Él es el que no se ha resignado, el que ha desesperado, el que no ha aprendido ―o, más bien, ha desaprendido― las pequeñas corduras; el que ha superado el bullicio de las hormigas, el mísero bienestar, la felicidad de los más[6]. El que quiere, cuanto antes, saltar el obstáculo para así pertenecer a la estirpe de los dominadores; el que no sacrifica por nada su egoísmo; al que le importa un trueno la felicidad universal porque quiere vivir ―ser― él:

Yo quiero vivir yo, y si no, más vale no vivir. ¡Cómo! Yo no quería pasar frente a una madre famélica, apretando en mi bolsillo mi rublo, en expectación de la felicidad universal. Aportaré, ¡qué diantre!, un ladrillo a la felicidad universal, y así gustaré de la paz del corazón. ¡Ja, ja![7].

Por eso practica el gran desprecio, por eso vira hacia el mal: Pues el mal es la mejor fuerza del hombre; dice Zaratustra, Lo mejor es necesario para lo peor del superhombre[8]. Sin embargo, él mismo advierte pocas líneas después: No queráis nada por encima de vuestra capacidad: hay una falsedad perversa en quienes quieren encima de su capacidad. ¡Especialmente cuando quieren cosas grandes! El ex-estudiante Raskolnikov no está a la altura de su crimen por cuanto no es capaz de vivir con él, con los remordimientos de su conciencia: por eso termina entregándose. No es más que un hombre común, un plebeyo de orejas largas y eso es lo que le duele: no es el crimen en sí, no es el haber matado a la vieja ―dado que ésta no era para él más que un principio; no era auténticamente una persona humana― aquello que lo hace sentirse culpable, sino el no haber persistido y haber ido a delatarse[9]. Porque ¡No hay que ser cobarde con los actos propios! ¡No hay que rechazarlos a posteriori! El remordimiento es una indecencia[10]. Y eso aún en el presidio; cuando con toda libertad ―magnífica ironía―, pudo dedicarse a juzgar y repasar todos sus actos anteriores[11]. Aquello que lo condena viene desde fuera: es simplemente la letra de la ley ―la moral que tanto desdeña Zaratustra―; la misma que habría hecho merecedora de castigos, desde sus primeros pasos, a tantos bienhechores de la Humanidad que no recibieron en herencia el poder sino que lo conquistaron.

Pero entonces algo ocurre: en vez de pensar, comienza a sentir; en vez de la dialéctica, surge la vida. Aparece la felicidad, el corazón se eleva ―recordemos la exhortación de Zaratustra a los hombres superiores: levantad vuestros corazones―: he aquí la trascendencia ―ir más allá de los exiguos confines del yo― la apertura.

Quisieron hablar, pero no les fue posible. Lágrimas había en sus ojos. Ambos estaban pálidos y flacos; pero en aquellos rostros enfermizos y pálidos refulgía ya la aurora de un renovado porvenir, de una plena resurrección a nueva vida. Los resucitaba el amor, el corazón del uno encerraba infinitas fuentes de vida para el corazón del otro[12].

Esta experiencia tiene en Raskolnikov un efecto adicional: le parece como si los demás presos, antes sus enemigos, comenzaran a mirarlo con otros ojos. El abismo insalvable, la radical brecha, comienza a desaparecer. El ex-estudiante, al fracasar en su intento de transformarse en superhombre, ha terminado por convertirse en un verdadero ser humano; podemos decir. ¿Es esto un retroceso? No lo creemos así. ¿No es acaso esto inocencia y olvido, un nuevo comienzo? En otro tiempo Rodion Romanovich había sido un auténtico amador del prójimo, un protector de los débiles, un camello. Luego, queriendo librarse de todos los valores creados, había cometido el crimen; transformándose en león. Pero entonces sólo ha obtenido una libertad de; no una libertad para. ¿Y en qué consiste la libertad para? En la libertad del niño: la libertad del juego, de la rueda que se mueve por sí misma, la del santo decir sí. Libertad para afirmar la vida, en suma: la crítica de Nietzsche a los valores del cristianismo se basa en que, a su juicio, estos no hacen más que negar la vida; por eso desprecian el cuerpo y la tierra, y hacen de la sexualidad algo impuro. Pero, ¿no se requiere, forzosamente de un otro para afirmar la vida, al menos en el sentido biológico del término? Recordemos que Nietzsche murió solo, al igual que Napoleón.

Zaratustra dijo que sólo podía amar en el hombre el que éste fuera un tránsito y un ocaso; el que éste fuera algo susceptible de ser superado. Pero Zaratustra habló, al igual que Dostoieski, en una época en que el hombre ya no era casi hombre, sino que estaba a un paso de la total enajenación. Amar al prójimo como a nosotros mismos es un imposible, puesto que tanto el prójimo como nosotros mismos nos hemos transformado en cosas. Por tanto, también se ha perdido el concepto de amor. Al abrir su corazón a Sonechka, Raskolnikov se recupera a sí mismo, al prójimo, y además se abre a la posibilidad del Evangelio: ¿Acaso su convicción podría no ser ahora la mía? Sus sentimientos, sus aspiraciones por lo menos... La enseñanza de Jesucristo ―no la moralina de la institución eclesiástica― sólo puede entrar en quien tenga oídos para oír; quienes dicen seguirla sin estar a la altura de ella, no hacen sino desvirtuarla:

Pues despiertan desconfianza contra las cosas grandes, esos refinados falsarios y comediantes: hasta que finalmente son falsos ante sí mismos, gente de ojos bizcos, madera carcomida y blanqueada, cubiertos con un manto de palabras fuertes, de virtudes aparatosas, de obras falsas y relumbrantes.

Por eso, para poder aceptar, hay que despreciar primero: no se puede aceptar aquello para lo cual no existe correlato en nuestro corazón. Vosotros habéis despreciado, hombres superiores, esto me hace tener esperanzas. Pues los grandes despreciadores son los grandes veneradores[13]. El amor al prójimo no significa el desprecio de uno mismo, y la hermandad de todos los hombres no significa una igualdad mediocre. Si no, pregúntenle a Walt Whitman; maestro de atletas, cantor de victoriosos y derrotados. Pero esa es materia de otro ensayo, y nuestro presente trabajo termina aquí...



[1] Dostoievski, F. Crimen y Castigo. Tomo II, Obras Completas. Madrid, Aguilar, pp. 17-399.

[2] La cita, por ser de memoria, es inexacta.

[3] Dice Ernesto Sábato que ciertas palabras comienzan por escribirse con mayúscula, pasan por la minúscula y terminan entre comillas...

[4] Véase Nietzsche, F. “El delincuente y sus afines”, Cómo se filosofa a martillazos. Buenos Aires, Longseller, 2004. p. 163.

[5] Nos referimos, evidentemente, al célebre monólogo “El gran Inquisidor” de Los hermanos Karamazov.

[6] Véase el capítulo “Del hombre superior” en: Nietzsche, F. Así habló Zaratustra. Madrid, Alianza, 2006. pp. 389-401.

[7] Véase Dostoievski, F. Op. Cit. p. 209.

[8] Nietzsche, F. Así habló Zaratustra.

[9] Dostoievski, F. Op. Cit. p. 394.

[10] Nietzsche, F. “Sentencias”. Cómo se filosofa a martillazos. p. 21.

[11] Ibidem.

[12] Dostoievski, F. Op. Cit. p. 398.

[13] Nietzsche, F. “El hombre superior”.

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