El dolor es el don de la hondura
M. Heidegger
Ninguna vida humana está exenta de dolor: ¿existe acaso alguna verdad más irrefutable que ésta? Sin nuestro consentimiento, sin previo aviso, somos arrojados del vientre materno a este valle de lágrimas; arrancados de la tibieza y seguridad del útero para tener que intentar, con el sudor de nuestra frente, echar raíces ―sobrevivir― a la intemperie. A partir de aquel mismísimo instante, a partir de aquel grito inicial frente a la luz que hiere nuestros vírgenes párpados, vamos siendo heridos de forma incesante: pérdidas, fracasos, decepciones; la fiebre que contrajimos cuando niños, el beso de buenas noches que no nos dieron, el porrazo que nos pegamos frente al compañero de clase que amábamos secretamente. La florcilla mustia en el florero, el pajarito que amaneció muerto bajo nuestra ventana y, acaso, la abuelita que un día cualquiera ya no amaneció más. Hay dolores menores y dolores mayores, golpes más fuertes y golpes menos fuertes: por lo general, cada dolor nuevo nos hace considerar superfluo el anterior, nos lleva a desdeñar aquello en que antes parecía írsenos la vida. Tomamos los golpes presentes como medida de los ausentes; sin caer en cuenta que es precisamente su presencia ―su actualidad― lo que les confiere intensidad, lo que hace que en determinado momento efectivamente colmen nuestra existencia. Lo distintivo del humano frente al animal es la capacidad de recordar los golpes: así podemos comparar, pero así también podemos olvidar la diferencia entre recuerdo y experiencia, entre acontecimiento mental y acontecimiento real ―somático―.
Hay dolores menores y mayores ―hay un raspón en la rodilla y hay la pérdida de un ser querido―, pero esta diferencia no puede ser sino relativa: no es lo mismo una reprimenda para un niño que para un adulto; no es lo mismo tampoco para dos niños distintos, ni para un mismo niño efectuado por personas distintas, o por una misma persona en momentos distintos. Asimismo la muerte de alguien, por ejemplo, generará tantas reacciones como individuos a quienes afecte; independientemente de la relación o parentesco de cada uno de éstos con ese alguien. He ahí que la muerte de un hijo pueda tanto dividir como unir a las parejas; según si la reacción de los miembros sea compatible o no. Diremos en suma que, en tanto acaecimiento universal, el dolor se despliega en una variedad infinita de formas; siendo, no obstante, todas igualmente legítimas ―todas pertenecientes al dolor, si se quiere―. En este sentido, el dolor tendría la misma facultad igualadora de la muerte: nos despoja de vestiduras ricas o pobres, de discursos inteligentes o estúpidos, de diferencias etarias y culturales; simple y llanamente nos duele. Y en este sentido también se iluminaría bastante la tan desgastada palabra compadecer (padecer-con): los menos evolucionados sienten el padecimiento del otro como espejo del suyo propio, y así reviven y “resufren” este último ―vuelven a ser afectados, sin salir de sí mismos, por su afectación―; los más evolucionados, en cambio, padecen en efecto el padecimiento del otro y así sufren por y con él. Algunas tradiciones llaman santos a estos seres.
Hay, a pesar de esta relatividad, ciertas heridas que operan como un irremediable abismo; como una brecha más allá de la cual nada de aquello que era puede seguir siendo. Nuevamente, esta condición no depende necesariamente del accidente causante de la herida ―del cuchillo, de la piedra o de la mordedura de animal; como quien dice― sino de cómo esta herida hiere al herido. Como fuere, dicho acontecimiento abismal puede tomarse como un muro o como un umbral: si es muro, no tengo más remedio que pudrirme pegada a él ―recordemos que volver atrás es imposible: ya no existe un atrás al cual volver―; si es umbral, en cambio, puedo intentar cruzarlo. Pero este es un cruzar a ojos vendados; un salto en el vacío soltando toda seguridad a la cual pueda aferrarme ―el helado muro de hormigón es una construcción bastante segura, después de todo―, un salto sin saber si habrá un lugar donde caer. La decisión es personal: o agazaparse como animalito indefenso y esperar que la muerte ponga fin a nuestro dolor, o aventurarse hacia lo completamente desconocido y abrirse a la posibilidad de que “algo” acontezca. Hasta aquí con la metáfora del abismo; la de la brecha ―el surco, la fisura― también acarrea consigo dos posibilidades: puedo profundizar en ella tornándola desgarro, o puedo esperar a ver si los pájaros traen en su vuelo una semilla, y si luego la lluvia la hace germinar ―en el supuesto de que me falte la voluntad para plantar y regarla yo misma―. También queda una tercera opción: fingir que no existe, o cerrarla violentamente valiéndome de un punzón y de precarios cordeles; pero de más está decir que, más temprano que tarde, ésta se volverá a abrir ―o, al menos, va a supurar―.
¿A dónde queremos llegar? Al hecho de que, para que el dolor pueda ser efectivamente el don de la hondura, debe llevar a abrirnos y no a cerrarnos; a comprender, como Kisagotami buscando el grano de mostaza, que ninguna casa hay en el mundo donde la muerte no haya pasado, y que por tanto no está sola: Aquél que amabas dormía muerto sobre tu pecho ayer: hoy sabes que todo el ancho mundo llora tu mismo dolor: el pesar que todos los corazones comparten es menor para uno[1]. Debe llevar a trascendernos; a franquear los exiguos límites de la personalidad y ejercer, por ejemplo, la compasión ―acompañar al otro en su dolor del mismo modo en que el otro, acaso pero no necesariamente, me acompañó a mí―; o bien, una obra de arte. Y nótese que esta trascendencia es independiente de la creencia o no creencia en Dios: Walt Whitman y Bertrand Russell resultan grandiosos ejemplos no teístas de trascendencia, de un sentirse parte del río de la vida y por tanto no afectado por la muerte:
Dime:
¿Qué piensas tú que ha sido de los viejos y de los jóvenes,
de las madres y de los niños que se fueron?
En alguna parte están vivos esperándonos.
La hojita más pequeña de hierba nos enseña que la muerte no existe;
que si alguna vez existió fue para producir la vida;
que no está esperando ahora, al final del camino, para detener nuestra marcha;
que cesó en el instante de aparecer la vida.
Todo va hacia delante
y hacia arriba.
Nada perece.
Y el morir es una cosa distinta a lo que muchos suponen.
¡Y mucho más agradable![2]
El cuento “Enemigos” de Anton Chejov encarna y lleva a su culminación, como veremos, la posibilidad contraria: el replegarse sobre el propio dolor en un grado tal que ya ni siquiera se es ciego ante el dolor del prójimo, sino que se llega a distorsionar este último al punto de percibirlo como una mofa contra la personalidad humana. En el colmo del egoísmo y la paranoia, Kirilov supone que la desgracia de Aboguin ―el hecho de que la mujer de éste se haya arrancado con otro; ideando para ello la treta de hacerse la enferma para que su marido tuviera que llamar al médico― había sido un mero capricho; un melodrama en que él operaba como objeto accesorio. Pero comencemos por el principio: ¿cuál es, ante todo, la herida del protagonista? Acaso la mayor herida que alguien pueda concebir: la muerte de un hijo. Porque esta herida no es para nosotros un acontecimiento natural: los seres humanos, alguna medida, venimos preparados —traemos la disposición genética, por así decirlo— para resistir la muerte de los padres: en tanto seres conscientes, sabemos que ellos, más tarde o más temprano, habrán de morir: son más viejos que nosotros. Pero la muerte de un hijo no podemos concebirla: por mucho que sea la lógica consecuencia de una enfermedad epidémica o de una guerra, su eventual acaecimiento sencillamente nos pulveriza los cimientos, nos arranca de cuajo el piso. Mas estas últimas imágenes son insuficientes, ridículas: ¿cómo pretender, en palabras, dar cuenta de ese dolor? Chejov opta por referir la escena despojada de toda afectación trivial, desnudándola en toda su crudeza:
La petrificación general, la postura de la madre, la indiferencia del rostro del doctor, tenían un algo de atrayente, conmovedor para el corazón; esa belleza del dolor humano, en realidad apenas perceptible, que tanto ha de tardarse aún en comprender y describir, y que sólo al parecer puede ser transmitida e interpretada por la música. También el silencio sombrío estaba lleno de belleza. Kirilov y su mujer guardaban silencio, no lloraban, como si tuvieran conciencia, además de la pérdida, del lirismo de su situación. De la misma manera que en un tiempo se esfumara su juventud, así ahora, con aquel niño, pasaba para siempre a la eternidad su derecho a tener hijos. El doctor había cumplido ya cuarenta y cuatro años; su cabeza había encanecido y parecía un viejo. Su mujer, enferma y marchita, tenía treinta y cinco. Andrei no era solamente su único hijo, sino su último hijo[3].
Dice Montaigne en su ensayo “De la tristeza”, adscribiendo como siempre las palabras de algunos autores clásicos, que ciertos infortunios superan con mucho todo medio de expresarlos[4]; citando particularmente casos de muerte de hijos, pero no en forma exclusiva. Diremos que cualquiera que haya padecido lo que hemos dado en llamar una herida abismal, estará de acuerdo con Montaigne aún sin haberlo leído. Sin embargo (y permítasenos aquí hablar desde la propia experiencia) diremos también que si bien este dolor es ciertamente inexpresable, no es por ello es imposible comulgar ―del latín communicare, dicho sea de paso: comunicar y comulgar comparten un mismo étimo― en el dolor: dos abismos pueden abrazarse. Nuevamente el umbral ―la compasión―, el brote que emerge desde la fisura. Pero, en “Enemigos”, esta inexpresabilidad deviene progresivamente en alienación:
Aboguin y el doctor estaban frente a frente, presos de cólera, ofendiéndose mutuamente y lanzándose al rostro cargos y ofensas inmerecidos. En su vida, seguramente, ni siquiera delirando, habían jamás pronunciado tantas palabras injustas, crueles y necias. Por boca de ambos hablaba el egoísmo propio de los seres desdichados. Son éstos egoístas, malos, injustos, crueles y se comprenden entre sí peor que los tontos. La desgracia, lejos de unir a las gentes, las desune, cometiéndose a veces entre aquellos que debieran sentirse ligados por la paridad del dolor, mayores injusticias y crueldades que en el medio ambiente de los relativamente satisfechos. (La cursiva es nuestra)
A Dios gracias que esta condición, planteada aquí como necesidad, no sea más que una posibilidad; de no ser así, no habría entre los seres humanos más que enemigos. Podríamos distinguir empero, y a riesgo de sobreinterpretar, entre la desgracia y la desdicha por un lado, y el dolor por el otro lado: mientras las dos primeras situaciones ―o modos de existencia― implican un cerrarse a la posibilidad de que advenga algo distinto del presente sufrimiento (en otras palabras, rechazo a la gracia y a la dicha; provengan de donde provengan y signifiquen lo que signifiquen: abismo = muro), el dolor, el don de la hondura (el cual, siguiendo el razonamiento anterior, sería rechazado en tanto don por la desgracia: para el desgraciado el dolor no es un regalo; abismo = muro), es sencillamente parte de la vida (abismo = umbral); y claro está que la sencillez no implica facilidad de aceptación. Aceptación que no es resignación: diremos que aceptar es abrazar la vida en su totalidad, agradeciendo y aprendiendo de cada nuevo acontecimiento independientemente de su naturaleza (una especie de receptividad activa, muy heideggeriana y/o muy oriental; abismo = umbral); diremos que resignarse es, en cambio, disfrutar la dicha y soportar la desdicha pasivamente. Con lo cual, el dolor no siempre lleva a la desgracia: todo depende de cómo se lo enfrente (ya decía Nietzsche que sólo hay interpretaciones). Además, el dolor en sí pasa ―o al menos se atenúa, a no ser que decididamente nos mate, pero eso es otra historia―; lo que permanece entre nosotros, en cambio, es aquello que hayamos sido capaces de construir a partir del dolor, el fruto que hayamos podido obtener gracias al arduo cultivo del don. ¿Y qué ocurre con el doctor?
Pasará el tiempo... pasará también el dolor de Kirilov... pero esta convicción injusta, indigna de un corazón humano, no pasará. Permanecerá grabada en la mente del doctor y le acompañará hasta al tumba. (La cursiva es nuestra).
Acaso el fragmento final del relato deje en claro cuál es, a juicio del autor, la inclinación natural del corazón humano; hacia dónde tiende o debería tender en su labor de agricultor y de albañil. Pero no es nuestro asunto especular acerca de las creencias de Chejov; sino más bien retrotraernos hacia nosotros mismos en busca de las creencias propias. Creemos que a eso apunta ―o debiera apuntar― la lectura de toda gran obra literaria.
[1] [1] “Kisagotami y el grano de mostaza” en: Christmas Humpreys La sabiduría del budismo (1977) Buenos Aires, Argentina, segunda edición, versión española de Gabriela de Civiny, Ed. Kier, pp. 92-95.
[2] Whitman, Walt. Canto a mí mismo.
[3] Chejov, Anton. “Enemigos”. Cuentos completos (1953). Madrid, Aguilar, pp. 1033-1049.
[4] Montaigne, Michel de. Ensayos completos (2003). Barcelona, Cátedra, pp. 54-57.

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