sábado, 6 de septiembre de 2008

(A modo de manifiesto) A partir de una conversación de dos mujeres

Ni fideísta ni nihilista: esa es la cuestión. O más bien, mejor dicho, ni del todo fideísta ni escéptica del todo: alcanzo a darme cuenta de que el nihilismo no es más que profunda fe en la nada, sin cuestionamientos, tan cómoda y resolutoria como el dogma evangélico, hinduísta o musulmán. O new age, con sus psicólogas candorosas que pontifican sobre lo maravilloso de todos los seres humanos, cual ideólogo romántico, mirando al cielo con ojos bovinos, inclinando ligeramente la cabeza. Si hay un dios que las pueda ver, seguro que también le produce alergia. Severa. Pero tampoco el otro extremo, decía: la pataleta adolescente del poeta maldito, el plañido estilizado entre el alcohol y el papel, o bien, en otro estilo, la imperturbable sonrisilla sardónica —al menos no todo el tiempo, sino como accesos mayor o menormente eventuales, mayor o menormente prolongados—. Entre la confianza y la sospecha, sin hallar tampoco un justo medio; puesto que la medianía se parece demasiado a la mediocridad, a la tibieza, a una especie de flan. Y sin embargo, cuando opto, cuando creo optar por un momento, por unos meses, el “otro lado” no ceja de importunar: estás volviéndote superficial, estás volviéndote melodramática. ¿Hay alguna forma de vivir la fe sin achatar la experiencia? ¿Es posible el arte sin el rechazo del mundo? Porque aquí viene otra contradicción: si la verdad es una señora con falda sin duda prefiero la mentira, si la serenidad cercena toda creatividad no me interesa estar serena.

Y sin embargo, luego de varios días de escarbar intenso en mis fantasmas, de aversión al mundo y a las tripas, llega mi hermana a hablarme. Quiero morirme, lo necesito, de verdad, decía, con un hilo de voz, desgarrado entre gruesas lágrimas de desesperación. ¿Con qué cara darle yo razón para vivir desde allí, desde donde estaba? Era preciso volver al redil, pero, ¿cómo recuperar el tiempo perdido? ¿O acaso había que comenzar todo de nuevo? Y además, ¿cómo no transformarme en un demonio frustrado y reprimido; cómo soportar las miradas de ellos ante mi poco convencida practicidad, prosaísmo, bobería? La añoranza de un equilibrio a la par que el terror a transformarme en diletante, o a quedarme en terreno insulso, como decía. Y a la vez, intuición de que solo optando es posible acceder, en una u otra opción, al plano desde donde se “empieza a conversar” —porque para vulgaridad y charlatanería hay ya más que suficiente—. Y a la otra vez, yendo más hondo todavía, intentando abandonar toda huera defensa , subyace la completa incertidumbre sobre si, optando, podremos efectivamente alcanzar ese plano, ese latifundio.

Y sin embargo, por mucho que patalee mi esquizoide primigenio, me sé incapaz de optar por él: familia y conciencia social golean a los libros. Por fortuna. Acaso sea una cosa de género, acaso el género no sea sólo artilugio cultural. Por mucha ira que me produzca lavar los platos, siempre es mayor la irritación de verlos sucios —lo más gracioso es cuando no me decido a lavarlos por estar entretenida en otra cosa, pero no logro concentrarme en ella por efecto de los sucesivos influjos de irritación: los trastos al ataque, precipitándose sobre mí, aplastándome casi, queriendo fagocitarme, queriendo fagocitar mis ojos, mis manos, mis palabras, mis neuronas, mi condición humana más allá del delantal, de las polleras—. Acaso sea asunto de género, pero eso no quita la urticaria a lo pedestre. Qué nostalgia de libertad, de poder volverse loca sin dar explicaciones, de ser indiferente al cuerpo y a la ropa y no ceder espacio mental a frivolidades. Y al mismo tener que custodiar por fuerza cierta frivolidad para neutralizar la aversión a la piel y las uñas.

Acaso la pata coja de la espiritualidad sea su falta de explicación a esta tendencia: aunque la verdad sea verdad, aunque el régimen sea justo, los humanos lo rechazamos por impuesto. Los padres eligieron el desierto. El jardín era hermoso y bueno, dicen, pero ellos eran libres. Si lo perfecto es la condición de señora con falda, de gozosa señora con falda, repudio la perfección: yo estoy aquí, ella está allá, acaso alguna vez quiera yo fundirme en ella, libremente. El gran error de ciertos optimistas, de cierta espiritualidad de sesgo inquietantemente estadounidense, pienso, es confundir la meta con la posición actual, la potencia con el acto. Del mismo modo los desencantados, freudianos o de otra índole, olvidan toda potencia y universalizan el estado actual: no ven posible modificación de la contingencia. Divina presencia o animal con pantalones: el desafío sería encontrar una dialéctica —dialéctica que es irreductible a identidad: sólo si A es distinto de B puede mantenerse el movimiento—. A ver si nos dejamos ya de embalsamar, de fetichizar, de jugar al monolito.


No hay comentarios: